Hacer buenos horarios escolares

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Cada verano, cuando toca sentarse delante del horario del curso siguiente, la pantalla se llena de nombres, materias, grupos, horas, huecos e incompatibilidades. A primera vista parece una tarea casi matemática: conseguir que todo encaje.

Y, en buena medida, lo es. Las matemáticas ponen límites, descubren lo que no es posible y obligan a aceptar que no todo lo deseable cabe. Pero con los años he aprendido que conseguir que un horario cuadre no significa haber hecho un buen horario.

Porque detrás de cada casilla hay algo más que una hora.

Hay un grupo que llegará más o menos cansado. Una materia que necesita continuidad. Un profesor que acumula varias sesiones exigentes. Un apoyo que puede llegar en el momento adecuado o demasiado tarde. Un equipo que necesita encontrarse para poder trabajar de verdad en común.

Las matemáticas hacen que el horario cuadre; la pedagogía le da sentido y la humanidad, alma.

El reloj trata todas las horas por igual. La vida del colegio, no. Sabemos que una primera hora no es igual que la última, que no todos los aprendizajes requieren el mismo ritmo y que sesenta minutos pueden vivirse con atención, cansancio, inquietud, entusiasmo o dispersión.

Por eso, cuando hago horarios, intento no pensar únicamente en horas, sino en ritmos.

En qué momentos puede sostenerse mejor la atención. En qué materias conviene asegurar cierta continuidad. En cómo repartir el esfuerzo a lo largo de la semana. En dónde colocar los apoyos para que realmente ayuden. En la estabilidad que necesita un grupo. Y también en los tiempos que necesita el profesorado para reunirse, coordinarse y acompañar mejor.

Nada de esto garantiza el aprendizaje. Sería demasiado sencillo. Un buen horario no sustituye a un buen profesor, ni resuelve las dificultades de un grupo, ni convierte por sí mismo una clase en un espacio educativo. Pero puede crear mejores condiciones para que todo eso ocurra.

Después, inevitablemente, cada uno mira su horario.

Es normal. Lo hacemos desde nuestra jornada, nuestras responsabilidades y nuestras circunstancias. Esa mirada es legítima, aunque siempre sea parcial. Quien tiene que construir el conjunto está obligado a mirar de otra manera: intentando sostener criterios comunes, repartir las dificultades, atender situaciones personales cuando es posible y evitar que los costes recaigan siempre sobre los mismos.

Ahí está, quizá, una de las partes más difíciles. Cuidar a las personas sin perder de vista el conjunto. Buscar justicia sabiendo que no siempre será posible satisfacer todas las preferencias. Tomar decisiones que afectan a la vida cotidiana de otros y hacerlo con criterios que puedan explicarse.

Nunca existe el horario perfecto. Siempre queda alguna casilla que habría gustado colocar de otra manera, alguna combinación mejorable, alguna renuncia.

Pero sí puede haber buenos horarios. Horarios pensados desde el aprendizaje y no solo desde la cuadrícula. Horarios que intentan cuidar los tiempos de quienes aprenden y de quienes hacen posible ese aprendizaje. Horarios construidos con criterios pedagógicos, con sentido de la justicia y con atención a las personas.

Porque un horario no decide lo que sucederá durante el curso, pero dibuja parte del marco en el que podrá suceder. Y antes incluso de que suene el primer timbre, el colegio ya empieza a mostrar qué valor concede al tiempo, al aprendizaje y a las personas que van a habitarlo.

Cuando el gol lo marca otro

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España celebra el Mundial de 2026. Fotografía: Bryan Berlin / WikiPortraits, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons. Imagen recortada.

La final del Mundial entre España y Argentina dejó muchas imágenes. Me quedo con una. Ferran Torres comenzó el partido en el banquillo, entró después y, en el minuto 106, marcó el gol que convirtió a España en campeona del mundo.

Un suplente decidió la final. Pero aquel gol había empezado mucho antes de que el balón llegara a sus pies. En un jugador que siguió preparado aunque no ocupara el centro. En unos compañeros que confiaron en él. En un entrenador capaz de mantener vinculados al propósito común también a quienes debían esperar su momento.

La victoria no fue solo el resultado de reunir a buenos futbolistas. Una selección reúne talento. Un grupo comparte espacio, se organiza y distribuye tareas. Un equipo consigue algo que ninguno de sus integrantes podría alcanzar por separado.

La final me hizo pensar en la escuela, donde utilizamos con mucha facilidad la palabra equipo. Hablamos del equipo directivo, de los equipos docentes, de los ciclos, los departamentos, orientación, pastoral y de otros espacios de coordinación y liderazgo que sostienen la vida de un centro.

Los llamamos equipos, aunque el nombre no garantiza que hayan llegado a serlo.

Podemos reunirnos con frecuencia, repartir responsabilidades y atender con compromiso aquello que tenemos encomendado. Podemos ser buenos profesionales y resolver muchos asuntos. Todo eso es necesario, pero no suficiente. Un claustro puede continuar siendo una suma de aulas. Un equipo directivo puede funcionar como una suma de áreas. Un ciclo o un departamento pueden distribuir tareas sin construir una responsabilidad verdaderamente compartida.

No siempre llegamos.

Las urgencias ocupan el tiempo que necesitaríamos para pensar juntos. La información no circula como debería. Cada cual responde de su parcela y algunos problemas terminan teniendo dueño, aunque afecten al conjunto. Coordinamos el trabajo, pero no siempre compartimos la mirada, las decisiones y sus consecuencias.

No creo que sea únicamente una cuestión de falta de compromiso. Construir equipo es difícil porque obliga a aprender a necesitarnos. Y reconocer que necesitamos a otros nos hace más vulnerables.

Significa compartir una dificultad cuando todavía no tenemos la respuesta. Pedir ayuda sin sentir que renunciamos a nuestra responsabilidad. Expresar un desacuerdo sin romper la confianza. Sostener una decisión común, aunque nuestra propuesta fuera diferente. Reconocer que algo no ha funcionado y revisarlo sin buscar inmediatamente un culpable.

También requiere conversaciones que preferiríamos evitar: decir con claridad lo que preocupa, escuchar aquello que no resulta cómodo, recordar acuerdos que no se cumplen, corregir sin herir y dejarse corregir sin sentirse desautorizado.

Ahí aparece una tensión que conozco bien desde la responsabilidad de dirigir. A la dirección se le reprocha a veces que no delega, y puede haber verdad en ello. Cuesta ceder el control, compartir a tiempo toda la información, aceptar que otros hagan las cosas de una manera diferente o dejar un margen real para decidir y equivocarse.

Pero la delegación necesita también alguien dispuesto a asumirla. No solo a recibir una tarea concreta, sino a tomar la iniciativa, sostenerla cuando aparecen las dificultades y responder por ella hasta el final. A veces se reclama más espacio, pero se espera al mismo tiempo que la dirección continúe pensando, recordando, resolviendo y asumiendo las consecuencias.

No siempre es fácil saber qué viene antes: si no se asume porque no se delega o si no se delega porque aquello que se confía no termina de asumirse. Probablemente ambas dinámicas se alimentan.

Hay límites personales y laborales que deben respetarse. La misión educativa no puede apoyarse en la disponibilidad ilimitada ni en el voluntarismo permanente de unos pocos. Pero tampoco puede construirse desde un compromiso reducido a cumplir exactamente lo asignado y esperar nuevas instrucciones.

Romper ese círculo exige un aprendizaje por ambas partes. Quienes dirigimos tenemos que confiar de verdad, compartir la información necesaria, dejar espacio y aceptar que no todo se hará como nosotros lo habríamos hecho. Quien recibe una responsabilidad necesita ocupar ese espacio, tomar decisiones, sostenerlas cuando aparecen las dificultades y responder por ellas.

Delegar no es descargar trabajo. Asumir tampoco es limitarse a ejecutar un encargo.

Esta tensión nos lleva a una cuestión más honda: qué entendemos por liderar. Liderar no consiste en ocupar el centro de cada decisión ni en conseguir que todos hagan lo que uno había previsto. Es cuidar el propósito común, dar claridad, sostener las conversaciones difíciles y crear las condiciones para que otros puedan pensar, decidir y crecer.

Xavier Marcet lo expresa en Crecer haciendo crecer: «Liderar es servir, no servirse. Liderar es crear un perímetro de confianza donde sea posible crecer haciendo crecer».

Ese perímetro no es un lugar sin exigencia. Es el espacio en el que podemos reconocer un error, pedir ayuda, recibir una corrección y volver a intentarlo sin sentir que nuestra posición está continuamente amenazada. La confianza permite dejar espacio, pero también pedir responsabilidad.

Liderar exige saber cuándo orientar y cuándo retirarse un poco; cuándo acompañar y cuándo pedir una respuesta. También obliga a aceptar que otros desarrollen su propia manera de hacer las cosas y puedan llegar a lugares a los que nosotros no habríamos llegado.

El Evangelio sitúa esta cuestión en medio de una discusión entre los discípulos sobre quién era el más importante. Jesús se sienta, llama a los Doce y les dice: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9,35).

No elimina la autoridad. Cambia su sentido.

Para quienes trabajamos en la escuela, esta manera de entender el liderazgo toca el centro de nuestra misión educativa. Educamos no solo en las aulas, sino también en la forma en que escuchamos, tomamos decisiones, compartimos la responsabilidad y afrontamos los conflictos. Un centro educa a través de la calidad humana de sus relaciones y de la manera en que ejerce la autoridad.

Servir no es hacerlo todo por los demás, evitarles cualquier dificultad o rebajar la exigencia. Es mirar a cada persona con confianza, reconocer sus posibilidades y ayudarla a asumir su responsabilidad. Es cuidar sin sustituir, acompañar sin anular y crear oportunidades para que otros puedan ofrecer lo mejor de sí mismos al servicio de la comunidad.

Quizá todavía no somos los equipos que decimos ser. Tenemos estructuras, reuniones, personas comprometidas y algunos acuerdos. También inercias, cansancio y responsabilidades que no siempre logramos compartir.

Pero trabajamos para ello: para que la información circule, para que los problemas dejen de tener propietarios individuales, para que las reuniones permitan pensar y no solo repartir tareas, para que quienes lideran sepan dejar espacio y quienes reciben ese espacio estén dispuestos a habitarlo.

La fotografía de la final muestra el abrazo, la copa y la celebración. Pero aquel equipo se había construido antes: en los papeles aceptados, en las correcciones, en la confianza mantenida después de los errores y en quienes siguieron preparados mientras esperaban su momento.

Construir equipo quizá sea aprender todo eso. Necesitarnos, confiar, asumir responsabilidades y aceptar que el éxito compartido no siempre nos reserva el centro de la fotografía.

Algunas veces, el gol lo marcará otro.

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